El demonio de Devonshire

Fort fue sin lugar a dudas un adelantado a su tiempo, un curioso empedernido que se rodeó de pilas de periódicos y documentos de todos los tiempos, rastreando la presencia de hechos extraños, insólitos, de anomalías científicas que hoy conocemos en su honor como hechos forteanos. Vivió en un pequeño apartamento de un barrio del Bronx, del que apenas salía para acudir a la Biblioteca municipal en busca de su presa preferida, la extraña noticia.

Poco a poco comenzó a llenar su casa de montones de cajas con recortes de prensa que recogían desde las extrañas lluvias de peces, piedras o ranas, de aguas de color negro o con azufre, pasando por inscripciones en meteoritos, así como apariciones varias y avistamientos de criaturas imposibles para la ciencia. Pero Fort no sólo se limitó a recopilar recortes sino que comenzó a estudiar diferentes disciplinas científicas para comprender mejor estos hechos misteriosos e intentar darles una explicación. Estudió en la Biblioteca de Nueva York y en el Museo Británico, formulando leyes y aplicando formulas y teorías, para en 1913 escribir una obra sobre lo aprendido dando diferentes explicaciones a los hechos que durante años había recopilado. Había nacido “El Libro de los Condenados”, un clásico imprescindible para todo amante del misterio.
Restos de gigantes en Escocia, animales deformados, criaturas con alas o características imposibles, y un largo etcétera de anomalías zoológicas, comenzaron a figurar en los catálogos forteanos. De entre todos ellos existe uno que constituye una verdadera extrañeza, y que conmocionó a la sociedad británica de 1885. Hablamos de las misteriosas huellas del “Demonio de Devonshire”.
El invierno de ese año fue especialmente duro, hasta el punto de que incluso la región norteña de Cornualles quedó completamente cubierta de nieve durante toda la estación. Y es precisamente en la nieve donde comenzó la extraña historia. En la mañana del 8 de febrero aparecieron aparecieron impresas en la nieve y a lo largo de todo Devonshire, una serie de extrañas huellas que no correspondían con ningún animal conocido.
Las impresiones con forma de U, tenían unos 10 cm de longitud por 7 cm de ancho, y resultaron ser mucho más extrañas de lo que muchos pudieron pensar en un primer momento. Además de presentar una nitidez sorprendente, posiblemente por la presión con la que quedaron grabadas, lo más extraño es que se encontraran distribuidas de una forma alineada, es decir una detrás de la otra como si el animal, criatura o lo que quiera que fuera aquello, fuera saltando continuamente sobre una sola pata, manteniendo siempre el mismo ritmo. Un ritmo constante tanto si subía o bajaba, como si caminaba por terrenos abruptos o llanos: las huellas siempre se encontraban a unos 20 cm una de la otra.
Uno de los primeros en ver las huellas fue el panadero local Henry Pilke. Al verlas inmediatamente pensó en que habían sido dejadas por algún pequeño asno o pony, pero al contemplarlas con más detenimiento, comprendió que tal teoría no era posible. Más atrevido fue el director de la escuela local Albert Brailford, quien reunió un pequeño grupo de personas para seguir la senda que dejaban las huellas. Después de caminar varias decenas de metros, los atónitos testigos no daban crédito a sus ojos. La aureola de misterio de las marcas iba en aumento al comprobar que “el animal” era capaz de saltar muros de más de cuatro metros de altura, o incluso caminar por los tejados sin ningún tipo de problemas. En algunos puntos, al encontrar muros de hasta seis metros, las huellas se detenían para aparecer en el otro lado del obstáculo, como si lo hubiera logrado atravesar, o sencillamente hubiera volado por encima del mismo para aparecer tranquilamente al otro lado.
Las insólitas marcas se encontraron en Exmouth, Lympstone, Woodbury, Powderham, así como en varios pueblos más. En total unos 150 kilómetros. Incluso hubo lugares donde pese a las condiciones del terreno, las huellas no parecieron detenerse. En zonas como el río Exe, las huellas llegaban hasta una orilla para luego aparecer en la opuesta, y todo ello pese a los casi tres kilómetros de anchura en algunos puntos del río.
La tensión fue creciendo a medida que avanzaba el día, y al atardecer la búsqueda se convirtió en una auténtica cacería de brujas. Los aldeanos, dada la forma de las huellas, buscaban a la mismísima encarnación del Diablo para acabar con sus andares por el pueblo. Pero como era de suponer no encontraron nada. Pronto comenzaron a surgir las primeras teorías, y más cuando los principales rotativos como el London Times o el Illustrated London News comenzaron a airear los sucesos ocho días después, el 16 de Febrero.
Uno de los primeros en arriesgarse, fue el celebre paleontólogo Richard Owen, famoso por haber acuñado la palabra “dinosaurio”, quien proclamó que las huellas pertenecían a un grupo de tejones. Pero, ¿qué grupo de tejones es capaz de saltar muros de seis metros y recorrer 150 km en una sola noche? La hipótesis mas aceptada por los lugareños fue la del pequeño asno, aunque no lograban comprender que hacia un asno en los tejados de varias casas donde aparecieron las huellas, o porque esa forma tan precisa, extraña y dificultosa manera de caminar, ¡sobre una sola pata!
A estas teorías se les fueron uniendo otras como las del globo aerostático arrastrando una cadena, un canguro escapado de algún zoológico, una gran avutarda, ranas, sapos, e incluso los andares de una liebre coja. Todas ellas se acababan desmoronando por sí solas con el tiempo, y tal y como sucede con muchos de los hechos forteanos, a día de hoy las misteriosas huellas aparecidas en Devonshire siguen sin una explicación que aclare el misterio.
La discusión que suscitó la aparición de las huellas de Inglaterra, hizo que muchos investigadores sacaran a la luz otros casos de misteriosas apariciones de huellas a lo largo de todo el globo terráqueo. Curiosamente, y en contra de la pauta común en criptozoología, se poseía la prueba antes que al propio críptido.
Durante las fechas en que se sucedieran los hechos en Devonshire, un corresponsal del Illustrated London News, rotativo que se ocupó de cubrir la historia de Devonshire, recordó que pocas décadas antes, en concreto en 1840, encontraron huellas similares en una cordillera de Galicia, incluso algunos escribieron al diarios alegando que el celebre explorador James Ross, las encontró en la isla de Kerguelen, Francia, donde no existe ningún animal que tenga cascos en sus patas.
En ese mismo año, en concreto el 14 de marzo, The Times señaló que cerca Glenorchy, Escocia, también aparecieron este tipo de huellas cubriendo varios kilómetros de distancia.
Poco a poco surgieron decenas de historias de huellas, entre ellas las más destacadas en Nueva Zelanda (1886), en las playas de Nueva Jersey, EEUU (1908), en Bélgica (1945), en las laderas del volcán Etna, Sicilia (1970) y aún más curioso, pero con bastante menos notoriedad, nuevamente en Devonshire en 1950. En ninguno de los casos señalados fue posible establecer el origen de las desconcertantes marcas.